Entrevista con Raniero Cantalamessa


Muchos católicos en todo el mundo desearían alguna vez sentarse al lado del Papa y escucharlo. Sólo uno, el sacerdote franciscano Raniero Cantalamessa tiene el privilegio inverso: él mismo le da una charla al propio Benedicto XVI, quien lo escucha sentado a su lado, rodeado de unos 70 cardenales y obispos de la Curia romana.
Desde 1980, cuando Juan Pablo II lo nombró predicador de la Casa Pontificia, el padre Cantalamessa cumple esa función religiosamente cada viernes en las semanas previas a la Semana Santa y a Navidad. "Me esfuerzo por adecuarme a los problemas que la Iglesia está viviendo", contó el sacerdote a La Nacion, al explicar el variado mosaico de temas que aborda ante el Pontífice. Así, ante tan selecto auditorio, se explaya en la capilla Redemptoris Mater del Vaticano sobre temas teológicos y pastorales de relevancia, como la divinidad de Cristo y los desafíos de la evangelización, y sobre los arduos desafíos que el siglo XXI plantea a la Iglesia, como la pérdida de la fe, el avance del relativismo, las transformaciones sociales y el desconcierto de muchos cristianos. Incluso, la crisis interna de la Iglesia, salpicada por los recientes escándalos en torno de las denuncias de abusos sexuales en el clero -el "aire sucio en la Iglesia", según palabras del Papa- fue objeto de sus reflexiones.
"El Santo Padre ha sido muy claro y abierto en reconocer errores y pedir perdón. Y gritar contra la enormidad de estos casos de abusos de los menores. Pero la Iglesia no es una fuerza de policía, es una fuerza espiritual", advirtió el cura franciscano, de 78 años, que ha dedicado casi la mitad de su vida a predicarles a Juan Pablo II y a Benedicto XVI.
Temas polémicos, como el celibato sacerdotal, la situación de los divorciados vueltos a casar e, incluso, el carácter vitalicio del pontificado, encuentran al predicador de la Casa Pontificia en posiciones de significativa apertura. Pero si de algo está seguro este fraile capuchino, que ante el Papa cita con la misma soltura a Santo Tomás de Aquino como a los filósofos Edmund Husserl y Jean-Paul Sartre, es que la Iglesia no tiene que dar pasos apresurados. "Hay obispos que ya tratan estos problemas. Yo soy abierto a estos cambios, pero no hay que ser impacientes. A veces pareciera que cambiar es la panacea y no es así", reflexionó.
No teme, en cambio, dar pasos sustantivos que acerquen a la Iglesia a otras religiones. Hace dos semanas encabezó en el Luna Park, ante 6000 personas, el VI Encuentro Fraterno de Católicos y Evangélicos, una experiencia en la que la arquidiócesis de Buenos Aires, con el visto bueno del cardenal Jorge Bergoglio, asoma como pionera, como bien se lo explicó el propio sacerdote franciscano al pontífice. "El diálogo fecundo con otras religiones es el mejor antídoto contra el fundamentalismo, la mejor herramienta para aislar a los grupos más radicales", precisó.
Los laicos, para Cantalamessa, son los pescadores de hombres del siglo XXI. "Jesús les dijo a los apóstoles que sean pastores y pescadores. Hoy los sacerdotes son más pastores, alimentan a los que ya vienen a la Iglesia. Los laicos, en cambio, son los pescadores, los que llevan el mensaje cristiano al mundo, a los lugares de trabajo, a los sitios alejados de la Iglesia. Son los protagonistas de la evangelización", definió.
¿Qué es ser predicador del Papa?
-Es un oficio tradicional, otorgado a la Orden Franciscana Capuchina desde el siglo XVIII. Consiste en dar charlas al Papa, a sus colaboradores, cardenales y obispos de la Curia romana, unas 70 personas, en los períodos de Adviento y Cuaresma [las semanas previas a la Pascua y a la Navidad]. Nunca un predicador duró tanto. Yo tengo una explicación: el Papa se ha dado cuenta de que es el lugar donde el padre Cantalamessa puede hacerle menos daño a la Iglesia.
¿Cómo recibe el pontífice sus meditaciones?
-A pesar de todo su trabajo, encuentra el tiempo necesario para ir a escuchar. Nunca falta. Es un ejemplo de sumisión a la palabra de Dios.
¿Cómo selecciona los temas? ¿Los conversa con él previamente?
-Tengo amplia libertad. Me esfuerzo por adecuarme a los problemas que la Iglesia está viviendo. El año último, por ejemplo, abordé el compromiso por la nueva evangelización. En la historia de la Iglesia hubo cuatro grandes momentos de esfuerzo misionero. En los primeros tres siglos del cristianismo, los protagonistas fueron los obispos; en la reevangelización de Europa, entre los siglos VI al X, el papel principal lo cumplieron los monjes; en el siglo XVI, con el descubrimiento de América, se destacaron los frailes. Y hoy, cuando el desafío es volver a evangelizar a un Occidente secularizado, el papel lo tienen los laicos.
 
Cantalamessa, durante la entrevista con LA NACION. Foto: Soledad Aznarez

¿Por qué es importante el papel de los laicos?
-Porque han tomado un papel activo. Es un fruto del Concilio Vaticano II, que ha proclamado que los laicos son sujetos activos y tienen carismas. Ahora están en la primera línea de la evangelización, en la atención de los que no van a la Iglesia, aquellos a los que los sacerdotes no podemos ya contactar. Jesús les dijo a los apóstoles que sean pastores de hombres y pescadores. Hoy los sacerdotes son más pastores que pescadores: pueden alimentar a los que ya vienen a la Iglesia, pero no pueden ir a evangelizar a los que están lejos. Los laicos son, precisamente, un medio para ir a los lugares de trabajo, a las familias, a las distintas profesiones, y llevar el mensaje de Jesús donde el mundo vive.
El Papa convocó a celebrar el año de la fe. ¿Hoy hay una crisis de fe en el mundo?
-Hay una crisis desde el punto cuantitativo: los creyentes son hoy una minoría. Pero desde el punto de vista cualitativo hay una aceleración de la fe, porque nunca hubo tal cantidad de creyentes reales y decididos. Benedicto XVI siempre dice que los cristianos serán una minoría motivada. Eso no significa que nos resignamos a ser una elite, porque esa minoría siempre está llamada a evangelizar, a promover el evangelio y muchos valores, como la justicia. El evangelio es inseparable de la caridad. Jesús evangelizaba y sanaba. Hoy la Iglesia lleva adelante estos dos frentes: evangelización y lucha contra la pobreza. En ciertos países de África, las instituciones de la Iglesia son las únicas que hay en muchos kilómetros para atender las enfermedades de la gente.
¿Hoy ser cristiano implica ir contra la corriente?
-Siempre ha sido así. El Concilio Vaticano II renovó la actitud de diálogo con la modernidad y con el mundo. Los cristianos tienen que sentirse miembros de una sociedad y responsables de los bienes y los males de esa sociedad. Y saben que la cultura va en una dirección dominada por el dinero. Tienen que ir contra la corriente. En esa carrera por el dinero, la gente se vuelve siempre más triste. Por eso, ir contra la corriente es una manera de ayudar a la sociedad, para que se dé cuenta de que no tiene que ser esclava del dinero y del poder, que no tiene ideales sociales.
¿El mensaje de la Iglesia perdió credibilidad e influencia?
-En los últimos años, los escándalos de la pedofilia han quitado a la Iglesia el prestigio del que quizá gozaba en el pontificado de Juan Pablo II. Pero las cosas de la Iglesia no se pueden medir solamente por lo que aparece en la superficie. Benedicto XVI no tiene miedo de declarar que hay aire sucio en la Iglesia. Hay una toma de conciencia de la debilidad de la Iglesia. Es una manera de purificarla. Algo doloroso, pero muy útil y propicio.
¿Qué fortalezas y qué debilidades señalaría hoy en la Iglesia?
-La fuerza de la Iglesia es su fe. Las debilidades somos nosotros. San Pablo ya lo decía: llevamos un tesoro en vasos de barro. La división que permanece en los cristianos es un punto de debilidad y por eso se debe promover el ecumenismo. La escasez del clero, la falta de vocaciones, es otra debilidad. Hay escándalos dolorosísimos, pero muchos medios de comunicación no ven en la Iglesia más que esto. Hay pocos esfuerzos por ver el intenso trabajo por los pobres, los marginados, en favor de la defensa de la vida.
¿Cómo enfrenta el Papa estas situaciones de escándalo?
-Ha sido muy claro y abierto en reconocer errores y pedir perdón. Y gritar contra la enormidad de estos casos de abusos de los menores. Pero la Iglesia no es una fuerza de policía, es una fuerza espiritual. La sociedad también propone un código de comportamiento moral, pero hay personas que no lo cumplen.
¿Estas situaciones le producen daño a una institución con 2000 años?
-La Iglesia es muy vasta, hay de todo. La red saca del mar peces buenos y peces malos.
¿Se encuentran todavía resistencias dentro de la Iglesia a los avances del Concilio Vaticano II?
-Durante el Concilio aparecieron dos líneas muy evidentes: los progresistas decían que era un gran avance, una ruptura con el pasado. Para los tradicionalistas, era un drama, una tragedia. La Iglesia ha hablado de una novedad de la continuidad. El Concilio ha hecho una ruptura respecto del pasado próximo en la Iglesia, pero una continuidad respecto del pasado remoto. Hay quienes ven en el Concilio una novedad muy tímida. Otros, al contrario. No hay resistencias explícitas, salvo en los lefebvristas. Según una indicación del cardenal Newman, muchas veces los concilios no se entienden sin un después.
¿Hoy es un tiempo propicio para pensar en nuevas reformas en la Iglesia?
-Hay puntos que el Concilio Vaticano II no ha tocado. Se dieron pasos muy valientes y hubo cambios dramáticos. Pero quedan problemas: el celibato obligatorio del clero se discute, así como la colegialidad de los obispos, una mayor participación de los episcopados en el gobierno de la Iglesia. Pero la Iglesia se mueve con un ritmo distinto. No se puede dar un paso que determine profundas divisiones.
¿Se puede esperar que en algún momento se aborden estos temas?
-Hay obispos que ya tratan estos problemas. Al Papa no le parece el momento para decidir una cosa tan relevante, como el celibato del clero. Pero se ha empezado, es la dinámica que siempre han llevado adelante las reformas. Yo soy completamente abierto a estos cambios, pero a veces recomiendo no ser impacientes: pareciera que cambiar esto es la panacea, la medicina para todos. Y no es así. Hay problemas hoy en el matrimonio, la familia. Se presenta de una manera tan complicada, tan frágil. Puede ser una carga tremenda para un sacerdote, que debe cuidar a toda la sociedad. La sabiduría de Dios guiará a la Iglesia.
¿Es posible que se produzcan cambios en la Iglesia respecto de la situación de los divorciados vueltos a casar?
-La admisión a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar es un problema que se está discutiendo. Se han dado pasos y, a pesar de que están excluidos de la Eucaristía, están aceptados en la vida de la Iglesia. Algunos obispos son más avanzados en esta línea. El Espíritu llevará a la Iglesia a una solución, a una praxis evangélica, pero también misericordiosa, abierta a la comprensión del hombre. ¡Jesús era tan comprensible! Afirmaba los principios del matrimonio (el hombre dejará su casa y se unirá a su mujer, el hombre no puede desunir lo que Dios ha unido), pero es el único que perdona a la mujer adúltera.
¿La Iglesia podría rever su postura?
-Hoy la situación de los divorciados no es una excepción. El divorcio es un fenómeno social tan difundido, que no se puede dejar a toda esta gente excluida de la Iglesia. Se tiene que encontrar una fórmula que pueda salvar los principios y aplicar el Evangelio de una manera evangélica. Los divorciados tienen que sentirse plenamente hijos de Dios. Lo que guía a la Iglesia no es tanto defender un principio: es salvar el matrimonio, que está atacado hoy en la sociedad. La Iglesia defiende un bien, el bien de la familia, del matrimonio. Cómo conjugar esta defensa con la misericordia será el desafío.
¿Hoy es más difícil avanzar en el diálogo ecuménico?
-Algunos sitios radicalizados en Internet dicen que los encuentros ecuménicos son creados por el diablo. Existen estos grupos, pero lo mejor para aislarlos es que los más responsables se reúnan y avancen hacia la unidad de los cristianos. Lo que tenemos en común es mucho más importante que lo que nos separa. Ésta es la línea para aislar a los grupos más radicales, que todavía existen.
¿Se vio afectado Benedicto XVI por el reciente juicio del mayordomo y el escándalo por las filtraciones en la Santa Sede?
-Está afectado y ha sufrido mucho. Es algo que lo toca muy de cerca. Son cosas que en el momento parecen lo más importante del mundo y después se ve que es una cuestión secundaria. Hay muchas hipótesis. En el Vaticano, como en cada organización, hay diferentes opiniones.
¿Se habla ya en el Vaticano de cómo será la próxima sucesión del Papa?
-Usted conoce el dicho: quien entra papa en el cónclave, sale cardenal; quien entra como cardenal, sale papa. No hay posibilidad de prever qué pasará. Depende de tantas cosas. No se habla de nadie en particular que pueda ser papabile . Hay muchos nombres, pero no tienen mucho fundamento. De hecho, este papa Benedicto XVI tiene una personalidad tan respetuosa con los demás, tan gentil y humilde, que es impresionante. Dejará una impronta difícil de soslayar. Todos sus viajes empiezan con una atmósfera tremenda, negativa, y al final se manifiestan sus éxitos enormes. Así ocurrió, por ejemplo, en Inglaterra y recientemente en el Líbano, donde fueron a escucharlo cristianos e islámicos. Tiene una personalidad que no es agresiva, muy respetuosa.

MANO A MANO

La palabra como estilo de vida
Sin estridencias, ni gestos ampulosos, el hombre a quien el Papa escucha sabe medir las palabras. Las acompaña con gestos y miradas que dan lugar a un diálogo cordial, que invita a la profundidad. A los 78 años, el padre Raniero Cantalamessa ha hecho de la palabra un estilo de vida. No necesita alzar la voz para plantear temas polémicos que pueden generar reacciones en la propia Iglesia. Tampoco busca llevarse el mundo por delante, sino, por el contrario, inspeccionar ese universo a veces hostil, comprenderlo, aportarle una luz renovada del mensaje que la Iglesia difunde desde hace 2000 años. Nacido en Colli del Tronto, a 150 km de Roma, lleva 54 años de vida sacerdotal. Pertenece a los Frailes Menores Capuchinos, una de las tres ramas de la orden fundada por San Francisco de Asís, y mantiene la barba y el hábito marrón que caracterizan a los franciscanos. Graduado en teología en Friburgo y en letras clásicas en Milán, está comprometido con la Renovación Carismática, punto de encuentro entre la Iglesia Católica y movimientos evangélicos, y desde allí promueve la necesidad de avanzar en la unidad de los cristianos. "Es el mejor antídoto contra la intolerancia y el fundamentalismo", es su premisa.

UN FUTURO POSIBLE, SEGÚN CANTALAMESSA

Con Juan Pablo II se debatió el carácter vitalicio del pontificado. ¿Se puede volver a revisar?
-No es una cuestión que responda a un criterio de orden dogmático. Hubo un caso de renuncia en la historia de la Iglesia: el papa Celestino V, en el siglo XIII. El propio Benedicto XVI expresó en diferentes ocasiones la idea de que es posible que un papa renuncie. Dijo, incluso, que si su salud llegaba a un punto en el que se diera cuenta de que no podría desempeñar todas las funciones, él mismo podría renunciar. Es una posibilidad concreta. En el caso del querido papa Juan Pablo II, su decisión fue buena, porque con su enfermedad ha dado un mensaje al mundo tal vez más fuerte que el que transmitía con su fuerza, energía y seguridad, cuando gozaba de plena salud. Ha compartido el sufrimiento con tanta gente en el mundo, dándoles una dignidad. Con su ejemplo, muchos se habrán sentido animados a llevar una vida digna, incluso en la enfermedad. Su ejemplo es muy valioso. Benedicto XVI, que hoy tiene 85 años, ha dicho que si en algún momento se diera cuenta de que no puede responder a sus deberes, podría renunciar.

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